martes, 29 de julio de 2014

Los vampiros de Guillermo del Toro

A Guillermo del Toro le gusta pasarlo bien. Forma parte de esa generación de productores de mirada juvenil e hiperactivos donde también pertenece J.J. Abrams, que no entienden el audiovisual sin el factor entretenimiento a todo rendimiento. Algunas veces da prioridad a la vena artística (‘El laberinto del fauno’) y otras a la diversión a secas (‘Pacific Rim’), pero procura dar rienda suelta a su imaginación y entretener.

Si tuviera que enmarcar ‘The Strain’ en una de estas dos vertientes, claramente se incluiría en la segunda. En un principio, esta serie debía emitirse en FOX y, como el canal finalmente se desinteresó, del Toro escribió la historia en tres novelas, que ahora llegan a FX donde tiene más sentido su emisión y su nombre le da prestigio al proyecto. Y esta etiqueta, que curiosamente en España funciona tan bien (y así muchas veces cuelan obras menores donde él poco tiene que ver), también permite que veamos esta nueva raza de vampiros con algo de benevolencia.

En ‘The Strain’ un avión aterriza en Nueva York con todos los pasajeros muertos por un extraño virus. Pronto el equipo de control de plagas descubre que algunos pasajeros no están muertos, a pesar de no entender nada y sospechar que se encuentran ante una amenaza desconocida. Se trata de una invasión vampírica que quiere desatar el pánico en la ciudad más popular de Estados Unidos y Corey Stoll, que pasó a un primer plano gracias a ‘House of Cards’, es el responsable de enfrentarse a los vampiros junto a Mia Maestro, la hermana de Sidney Bristow que quedó en coma porque Jennifer Garner no soportaba que otra chica compartiese protagonismo con ella en ‘Alias’.

Cuando digo que la benevolencia ayuda, no quiero decir que ‘The Strain’ nos venda gato por liebre. Es una obra menor, una obra que homenajea las películas de serie B y que, por lo tanto, tiene su ración de caspa. La presentación del personaje, en una reunión judicial por la custodia de su hijo, no deja lugar a dudas de quien es porque todo se nos explica rápido y masticado. La fotografía rehuye la sofisticación de ciertas series como la propia ‘Fargo’, que se estrenó en primavera en el mismo canal FX, y la tensión es relativa.

Sólo hace falta ver, por ejemplo, la presentación de un secundario, una estrella de rock que se pinta la cara de blanco, lleva una peluca asquerosa (todavía más que la de Corey Stoll) y cumple todos los clichés del músico pasado de rosca y picha-brava. Es aquí donde ves la clase de series que es ‘The Strain’, como también pasa con la niña contagiada (su primera aparición es una forma de decir “conoced a la niña malrollera antes de ser una chupa-sangre") o el primer acto gore de la función, al final del primer episodio y muy gratuito (y bien), sobre todo por lo inesperado y como se recrean en esa escena.

Estos detalles definen la ficción que es, como en su momento descubrimos que Alan Ball no quería hacer una lectura social de Estados Unidos en ‘True Blood’ sino una locura terrorífica-erótico-festiva. Y esta, si bien no tiene el factor erótico, juega en una liga similar y plantea equilibrar terror de segunda, personajes sin ambigüedades (cada vez que aparece el delincuente latino es una declaración de intenciones) y sobre todo un ritmo entretenido que haga que sea un producto solvente. De momento, funciona.

P.D. Podcast: Y el último programa de la temporada de 'Yo disparé a J.R.' ha servido para comentar unos cuantos estrenos de verano, aquellos objetivos que nos hemos puesto, una conversación más flexible de lo habitual. Incluye tantas y tantas series que ni puedo poner un guión mínimo. El blog seguirá vivito y coleando pero el podcast se tomará unas vacaciones hasta finales de agosto.

sábado, 26 de julio de 2014

La trama de 'Utopia'

‘Utopia’ suscitó algo de interés con su premisa loca. ¿Un cómic que presagia el futuro y que, de haberlo leído, te pondrá en el punto de mira de unos mercenarios sin escrúpulos? Tenía todos los números para convertirse en un pasatiempo ideal para los fans de las series con conceptos llamativos. Encima llegó el estreno y se oficializó su visión estética. Era una pasada.

Todos los aspectos que barajaba la ficción hacían que fuera más moderna imposible. Los colores vivos la hacían atractiva. Había una clara intencionalidad en cada uno de sus planos, lo que no siempre ocurre en televisión (a veces son simplemente funcionales, que también es respetable). El uso de la cámara lenta, en lugar de cutre, era fascinante. ¡Ese cuerpo cayendo a cámara lenta...!

También conseguía ser críptica. Una persona siendo atropellado de forma casi inconexa. Y la violencia y la maldad, si tienen un tratamiento tan visceral como cínico, consiguen ser muy molonas (que se lo digan a Tarantino o a la nueva ‘Fargo’). La tortura ocular de Wilson Wilson probablemente jamás desaparecerá de mi mente porque como espectador esperaba una elipsis mayor. Y el plano del psicópata Arby entrando en una escuela era tan perturbador como arriesgado. Hay cosas con las que no se juega y que, si juegas con ellas y te sale bien la jugada, te harán todavía más molón.

Pero ‘Utopia’ también fue el típico ejemplo de serie que fue de más a menos. Una vez mostró sus cartas, incluyendo la maravillosa y distinta banda sonora de Cristobal Tapia de Veer, reveló que, cuanto más sabíamos, menos interesante sería. El problema de poner la directa y no tener un argumento que siempre vaya a 220 por hora y que, en realidad, quiten interés al misterio. Esta es la triste realidad de muchas series high-concept.

Y ahora que ha llegado su segunda temporada, mi primera impresión es si era necesaria. ¿Lo mejor (su concepción estética) no nos lo había dado ya? Incluso el truco de instalarnos en el pasado, cuando Jessica Hyde todavía era niña, se antoja como un recurso para alargar lo inevitable. A estas alturas, no hay explicación que me interese porque ni tengo preguntas. La historia está quemada.

‘Utopia’ es una de esas obras que, si la hubieran hecho película, hubiese sido mejor. Se hubiese podido permitir ser dirigida por la trama y deslumbrarnos con su apuesta visual y musical. Pero el largo recorrido sólo la hiere y, si bien siempre será molona, sacarle punta sólo hará que luzcan más los defectos.

lunes, 21 de julio de 2014

Los periodistas, las cadenas y las audiencias

Los periodistas americanos lo tienen bien montado. Los canales no solamente anuncian con mucha antelación su programación y los estrenos (algo impensable en España), también existen los TCA, que son encuentros entre los críticos y las cadenas. Como la cuestión es crear ruido mediático y promocionar productos, los directivos, creativos y actores se prestan a ser interrogados por la prensa en unos encuentros que, curiosamente, pueden ser cualquier cosa menos agradables. Todo depende, por supuesto, de cuanto gusten.

Este verano nada ha podido compararse a los enfrentamientos de Michael Patrick King hace un par de años. Algunos periodistas habían afilado los cuchillos y esperaron el turno de preguntas para recriminarle al guionista de ‘2 Broke Girls’ si dejaría sus chistes racistas, a lo que él se ofendió, contra-atacó y básicamente les dijo que esa no era su serie. Pero no, no ha habido grandes combates entre críticos y creadores y proyectos como ‘Gotham’ tuvieron una buena recepción.

Da la impresión que, si deciden meterse con alguien, suelen elegir alguna serie más modesta (al reparto de la romántica ‘Manhattan Love Story’ les llovieron unas cuantas preguntas incómodas) y no las grandes apuestas. La precuela de Batman, por ejemplo, suscitó unos cuantos comentarios negativos por el guión, que dicen que no acaba de estar del todo bien atado, pero prefirieron quedarse con la ambientación y la promesa seria de Bruno Heller. ¿Y por qué tanta piedad, cuando este hombre precisamente escribió el arco de John el Rojo de ‘El mentalista?

Sea como sea, lo que sí se ha notado es que los tiempos cambian y los canales no saben muy bien como adaptarse. Por ejemplo, los ejecutivos de las networks pidieron a los periodistas que dejasen de escribir artículos diarios sobre audiencias y que esperaran más tiempo, para saber cuantos espectadores en total habían consumido los programas al cabo de unos días. Esta es la forma de medir un éxito y no los datos de la mañana siguiente, sobre todo en un panorama televisivo como el americano donde la televisión a la carta y las grabaciones están a la orden del día. Pero ellos, en cambio, todavía no han encontrado una forma de monetizar este consumo, a menos que sean haciendo pagar a los anunciantes por unos espacios que el espectador no necesariamente ve.

La miniserie de ’24: Live Another Day’ es un buen ejemplo. Si nos fiáramos de las audiencias que cosechaba en el primetime de los lunes, las cifras eran algo modestas por debajo de los dos puntos en los demográficos y menos de siete millones. Pero si se contabilizaban los visionados en diferido, la cifra podía elevarse por encima de los doce millones, un dato mucho más atractivo para el canal FOX. Por esto el director ejecutivo del canal, Peter Rice, no ha descartado traer de vuelta a Jack Bauer otra temporada, ni que sea a modo de evento en un par de años. Tiene un público, otra cosa es que sea capaz de materializarlo durante el primer pase.

Este, por lo tanto, es el gran reto de la televisión americana en abierto. El consumo sigue existiendo pero cada vez es más difícil conseguir que el público se fije en tus productos cuando tú quieres, a menos que seas la moda del momento y nadie quiera perderse la cháchara del día siguiente en el trabajo. No todas las series pueden ser ‘Scandal’, que es el fenómeno dramático de las networks, pero lo ideal sería que encontrasen una forma de sacar provecho de la oferta. ¿O ya han perdido la carrera y ahora el futuro sólo es de Netflix, Amazon y HBO Go? Esta es la pregunta que, quieran o no, está en la mente de todos.

sábado, 19 de julio de 2014

Detesto a William H. Masters

En esta era de la televisión donde la antipatía prácticamente es una virtud, cuesta diferenciar entre una preferencia personal y algo que no funciona. Es la contrapartida de los antihéroes, que permiten que pueda justificarse cualquier personaje que sea irritante, vil o simplemente abofeteable. Y ‘Masters of Sex’ reta cada semana con su retrato del doctor Will Masters que es, sin lugar a dudas, una de las personas más despreciables de la televisión.

Los lectores de esta página ya sabréis que suelo ponerme del bando de las mujeres. Siempre preferí a Skyler a Walter, elegiría sin titubear a Betty por encima de Don Draper y hasta relacioné el retrato de este personaje con el machismo de Matthew Weiner (una teoría que se sustentaba en la admiración que transmitía por Don, hasta cierto punto ofensiva, mientras que adoraba dejar mal a la mujer que sabe italiano).

En ‘Masters of Sex’, como también opino de estas series, todavía hay menos posibilidad de debate si cabe: Virginia y Libby claramente son mejores personas que el experto en sexualidad. La primera es una superviviente (que elige mal los hombres, como nos cuentan a partir de sus divorcios) y la segunda es la consecuencia de una educación conservadora y machista, pero que precisamente por esto es mejor persona en comparación. Mientras acepta anularse para mejorar su matrimonio y castigarse por no poder ser madre, él la desprecia de forma automática. Will, pierdes la batalla.

Entre la falta de respeto de Will hacia su esposa, cómo le toma el pelo a Virginia fingiendo que su infidelidad forma parte del experimento y el trato que ofrece a las demás personas, que no duda en ignorar y despreciar, se hace difícil quererle. Sobre todo cuando castiga a su propia madre por permitir que tuviera una infancia demoledora y luego él posiblemente sueña con la muerte de su propio hijo (la escena de la música es para darle con la mano abierta y también cerrada). Entre una cosa, la otra y la otra, el personaje de Will Masters me despierta odio. ¿Pero hasta qué punto este odio es buscado, una consecuencia del personaje, o del error de cálculo?

Algo que no me quito de la cabeza desde que empezó la ficción es que en realidad Michelle Ashford, la responsable de adaptar las biografías de Virginia y Will, no le acaba de encontrar el punto. Ellas son maravillosas y redondas, el doctor Langham es un canalla entrañable y hasta consiguió que le perdonáramos a Ethan Haas ese maltrato esporádico gracias a un viaje introspectivo hecho desde el cariño, pero Will es más difícil de comprar.

Su retrato es bastante simple de identificar: el del genio que, a cambio de tener un grandioso intelecto, tiene defectos de la misma o mayor magnitud. Pero no me quito de la cabeza que hay una barrera entre aquello que deberíamos pensar de él o con lo que deberíamos justificarlo de forma parcial (lo que los demás personajes ven en él) y lo que trasciende en pantalla. No sé hasta qué punto, por ejemplo, Ashford quiere que le perdonemos como padre nefasto debido a su infancia traumática o si simplemente expone esa realidad y deja que le juzguemos.

Por como le ven todas las mujeres de la serie, diría que en el fondo es una justificación que me niego a comprar. Y Michael Sheen y sus miradas fijas ciertamente no ayudan a ganarse simpatías, con un carisma insuficiente para un personaje de estas características (Jon Hamm, me caiga bien o no Don Draper, tiene autoridad en el papel). ¿Es una cuestión meramente personal y subjetiva, por lo tanto, o ciertamente hay un error de cálculo a la hora de escribir el personaje de Will Masters? ¿Difiere la visión que querrían darnos de él y la que percibimos? Margaret Scully, por ejemplo, manda a su marido a que le electrocuten los testículos y me despierta mucha más simpatía (y eso que compadezco al pobre Barton). ¿Por qué esto no sucede con Will?

jueves, 17 de julio de 2014

No confundamos el (maravilloso) original con la copia (barata)

Siempre defenderé las chicas de ‘Mujeres Desesperadas’ a capa y espada. Fueron un fenómeno y hay que recordarlas cada vez que toque hablar de la representación de las mujeres en televisión. Como diría Alicia Florrick, quizá la lucha por los derechos de la mujer se hizo precisamente para que algunas de ellas eligieran libremente ser amas de casa, que es una opción tan válida como aspirar a la presidencia del gobierno. Sea como sea, lo único que espero es que la existencia de ‘Devious Maids’ no sirva para distorsionar el papel de las mujeres de Wisteria Lane en el marco de la historia de la televisión.

La crítica suele tener un punto de vista bastante masculino de las cosas y a veces hay quienes lo aprovechan para destruir referentes. Sólo hace falta ver que se aprovecharon las horribles películas de ‘Sexo en Nueva York’ para lapidar la reputación de la maravillosa serie de televisión. Por esto hay que andarse con cuidado y, si bien las asistentas latinas de Marc Cherry dan vidilla al panorama veraniego, hay que diferenciar entre una cosa y la otra. ¿‘Mujeres Desesperadas’ y ‘Devious Maids’ acaso no son muy parecidas? Sí. Pero son tan iguales que no pueden ser más distintas.

A lo largo de los años, ‘Mujeres Desesperadas’ no siempre mantuvo el mismo nivel, esto también es cierto. La primera temporada fue una maravilla que tuvo un equilibrio perfecto y luego los arcos podían funcionar mejor o peor, pero siempre mantenían un alto nivel cómico y unas interpretaciones memorables. Cherry encontró la fórmula ideal, los capítulos siempre tenían ritmo y justamente esto le acabé echando en cara, que no se atreviera a salirse del molde en ningún momento. Pero pocas series pueden alardear de tener ocho temporadas de correctas para arriba (varias excelentes, repito) y de crear personajes-mito que puedan recordarse y reivindicarse hasta el fin de los días (con Bree Van de Kamp en cabeza).

‘Devious Maids’, en cambio, juega en otra liga. Copia todos y cada uno de los conceptos pero, como demostró Gus Van Sant con ‘Psicosis’, una copia plano por plano no tiene porque copiar también la calidad, ni tan siquiera en el caso de estas dos series que tienen detrás a la misma persona. Para empezar, el presupuesto es menor y se nota: la música es una horterada (se te echa de menos, Danny Elfman), los decorados todavía son más de cartón y el reparto no tiene el mismo nivel. Solamente Ana Ortiz (Marisol) y Judy Reyes  (Zoila) podrían encajar en Wisteria en un papel importante, tanto a nivel de personaje como de talento.

Pero también tienen que ver los guiones. ‘Mujeres Desesperadas’ podía leerse como una lectura socio-cultural de la clase blanca adinerada de los Estados Unidos y de la educación machista que arrastraban las protagonistas, además de ser una comedia aguda y brillante. ‘Devious’, por más que sea la única serie con un reparto de latinas, no puede decir lo mismo. Es mucho más mamarracha y no sirve para analizar una parte de la realidad, solamente utiliza los tópicos para divertir (y tampoco los utiliza para dejarlas mal, que conste, que Eva Longoria ya se preocupa de vigilar que no suceda).

Y ‘Mujeres Desesperadas’, si bien participaba en comedia en los premios, tenía muy claro que también era una serie dramática. No solamente los arcos de temporada contenían suspense, encima hacían hincapié en un desarrollo dramático de los personajes. Se reían de los obstáculos y de los golpes de la vida, pero siempre había algún instante puramente dramáticos. Bree podía tener instantes geniales gracias a su alcoholismo pero era igualmente terrible y había instantes de pura decadencia.

En ‘Devious’, en cambio, hay broma tras broma tras broma y lo dramático está casi por obligación. Como formaba parte de la infalible fórmula de Cherry, hay que aplicarlo. Pero no tiene la misma intención y estoy seguro que, cuando llegue el momento, el propio creador reconocerá que era un divertimento. ‘Mujeres’ había dado todo de sí y era momento de pasarlo bien con estas asistentas latinas con actitud. Y, que conste, me lo ha hecho pasar muy bien también este verano, pero sabiendo diferenciar entre comer un buen foie y un paté de marca blanca.

martes, 15 de julio de 2014

El tirano de culebrón

Los canales de cable suelen tener una imagen de marca más o menos definida, muchas veces a través de las ficciones propias. FX es un canal esencialmente masculino con ‘American Horror Story’ como excepción, ni que sea por el potente elenco de mujeres. Sorprende, por lo tanto, descubrir una serie como ‘Tyrant’ en su programación: un drama político familiar hasta que, veinte minutos después, se revela como un culebrón de manual.

Su responsable, Gideon Raff, consiguió colocar esta serie después de marcarse perfil como creador de la israelí ‘Prisoners of War’, la serie que inspiró ‘Homeland’. El punto de partida tiene gracia, el de un hombre llamado Barry Al Fayeed que regresa a su país de origen con su mujer y sus hijos para una boda familiar, la de su sobrino. Pero él va reticente, temeroso de lo que puede encontrarse y con las heridas de la infancia todavía abiertas.

No tiene que ser fácil crecer en una familia que controla un país con medidas totalitarias y con las calles recubiertas de propaganda de tu propio padre. Ser hijo del miedo, de un hombre que tiranizaba tanto al pueblo como a sus hijos teóricamente por su bien. Por esto Barry no quiso pisar su país desde los dieciséis años tras diseñarse una nueva identidad con el mismo apellido pero otras creencias y formas de hacer, de educar a los hijos y de mantener su lugar en el mundo.

Estas buenas intenciones, sin embargo, llegan hasta cierto punto. Pronto ‘Tyrant’ convierte este elemento novedoso en algo completamente convencional. Lo molesto no es que las imágenes pretéritas en ese país ficticio llamado Abbudin tengan poco presupuesto. Algo bien escrito puede salvarlo aunque no ayuda que el líder se dirija al pueblo en inglés (para una sola escena, que utilice otro idioma, por favor). Pero resulta decepcionante ver hasta qué punto todo es tan superficial.

‘Tyrant’ en ningún momento propone un análisis político-socio-cultural de un país de Oriente Medio, tampoco plantea dilemas acerca de qué es más importante, si la democracia o la seguridad del país, pero sí da la impresión que no cree ser un culebrón que tiene más que ver con ‘Nashville’ que ‘House of Cards’. Le importan las dinámicas familiares disfuncionales con unos personajes poco interesantes a simple vista (los hijos del protagonista apestan) y las dudas del protagonista no se reflejan de verdad en las líneas de diálogo.

Adam Rayner lleva el peso del mundo sobre los hombros pero en ningún momento sus cábalas son estimulantes. Solamente es un tipo bastante mediocre en medio de un sinfín de tramas previsibles y de personajes cuyas intenciones podemos imaginar a los cinco segundos. En 'Nashville' esto también sucede, es verdad, pero por lo menos muestra amor por la música country mientras que 'Tyrant' es culebrón de manual sin ninguna capa que lo dignifique.

lunes, 7 de julio de 2014

¡Es el fin del mundo (otra vez)!

Algo terrible acontece y la humanidad tiene que enfrentarse a una nueva etapa, una donde evitar la extinción es la prioridad número uno. ¿Os suena esta premisa? Sí. Podría referirse a ‘The 100’, donde unos adolescentes se instalan en un planeta Tierra post-apocalíptico, radioactivo y peligroso; puede hablar de ‘The Walking Dead’ y su amanecer zombie; es la invasión extraterrestre de ‘Falling Skies’; y finalmente también sirve para describir ‘The Last Ship’, la mayor propuesta del canal TNT para este verano.

Estos ejemplos demuestran la tendencia superlativa de la televisión. Si tienes un concepto, llévalo al extremo y que sea el fin del mundo día sí y día también en la televisión. Pero también explican de forma inconsciente la mayor impresión que deja esta última serie. Tendrá matices distintos pero ya la hemos visto. Es un déjà vu constante y esto, de cara a decidir si subirse al carro de una nueva ficción o no, no es el activo más atractivo.

La excusa esta vez es un barco militar que navega por aguas árticas durante días. En este tiempo por el planeta se ha extendido un virus que ha eliminado la mayoría de la población, derribando gobiernos y convirtiendo el planeta en una anarquía en estado terminal. Justamente ellos, sin saberlo, tenían a bordo la científica encargada de estudiar la enfermedad y encontrar una cura y, mientras asumen que sus seres queridos ya no existen, deben sobrevivir mientras buscan la solución. El mundo jamás será aquel en el que habían vivido pero por lo menos la raza humana podrá sobrevivir.

La situación de una unidad militar separada del mando con un capitán que debe tomar todas las decisiones recuerda a ‘Last Resort’. Hubo un virus que también podía acabar con la especie humana si lograba escapar de la Antártida, el de ‘Helix’ de SyFy. Y cualquier escena de extinción de recursos y paradas obligatorias para repostar la hemos visto en las series post-apocalípticas (incluyendo otras como ‘Under the dome’ y ‘Revolution’).

Si le sumamos que ‘The Last Ship’ es bastante convencional en su puesta en escena y la presentación de la premisa, seguirla no es una idea demasiado atractiva. ¿Hasta qué punto podemos tragarnos la misma historia si no aporta un toque distintivo? ¿Y en qué realidad alternativa tenía sentido contratar a Eric Dane y Adam Baldwin para la misma serie? Probablemente Meryl Streep pierde un año de vida cada vez que estos dos comparten escena, sueltan voces rasgadas para parecer actores de carácter y de paso demuestran ser unos actores nefastos. Bueno, es que ni puede decirse que lo suyo es interpretación.

viernes, 4 de julio de 2014

La nada

El final de ‘Perdidos’ no me convenció. Me emocioné y lloré con el último capítulo, por supuesto, ya que no estoy muerto por dentro. Pero las tramas se resolvieron en una tomadura de pelo pseudo-religiosa que culminó unos giros que no iban a ninguna parte. ¿Y por qué explico todo esto? Pues para que no parezca que soy un detractor armariado del señor Damon Lindelof. Lo soy abiertamente y, aunque cueste creerlo, su nueva propuesta no me gusta por unas razones que no tienen nada que ver.

Como recalca mi compañera de podcast, Marina Such, el planteamiento es absolutamente opuesto. ‘The Leftovers’ propone una premisa ‘high-concept’ como ‘Perdidos’ pero en ningún momento promete respuestas. Lo que ofrece al espectador es el desconcierto que vive la humanidad después de que desaparezca un 2% de la población mundial, sin razón aparente ni seguir ningún criterio. La acción transcurre tres años después del suceso y justamente esta falta de respuestas impide que puedan avanzar. Surgen sectas, inseguridades y se siente en el ambiente esa intranquilidad de no saber qué ocurrió con sus conocidos y si podría volver a ocurrir.

Esta idea, que adapta la novela de Tom Perrotta del mismo nombre, es llamativa. ¿Pero está la posibilidad de desarrollar algo interesante más allá del primer impacto? Por supuesto. Cualquier idea tiene potencial si está bien escrita y tampoco diría que el primer episodio sea malo. Simplemente da la impresión que Lindelof quería hacer algo solemne, quería tener sentido dentro de esa cadena pausada que es HBO, y se pasó de largo. Él y Peter Berg, que se encargó de dirigir los dos primeros episodios.

La duración de 70 minutos tampoco tiene la culpa aunque bien podrían quitarle quince y hubiésemos comprendido igualmente la propuesta. El defecto está en el punto de vista. Lindelof y Berg se empeñan en contarnos que todo tiene trascendencia, que algo no encaja en ese universo desde la desaparición masiva, pero parecen ser reticentes a transmitirlo.

Esta sensación, más que transmitir el vacío que sienten los protagonistas, simplemente deja indiferente. Sea porque querían o porque les daba miedo que les acusaran de sensibleros, ‘The Leftovers’ es muy la nada. Está bien rodada, sí, pero tampoco es fantástica y es precisamente lo que necesita. Si no quiere transmitirnos del todo esa desazón, por lo menos que nos impacte cada plano. Esto es algo que hacen muy bien los directores de ‘Juego de Tronos’, que también ocurre en la contemplativa ‘Rectify’, que vemos en ‘Hannibal’ o Juan José Campanella en ‘Halt and Catch Fire’. De hecho, podría mencionar decenas de series que son más interesantes visualmente que esta. Y esto contribuye a que ‘The Leftovers’ sea la nada.

Tendrá sentido como concepto (una dirección vacía para unas vidas vacías) pero no es gratificante para el espectador. Tampoco es insufrible, que conste, pero no es buena señal ver el piloto de ‘The Leftovers’ y olvidarte a los dos minutos.

miércoles, 2 de julio de 2014

Las mentirosas, el cáncer y Tori Spelling

La existencia de ‘Pretty Little Liars’ es algo que me fascina. Entiendo que en algún momento alguien encargase esa ficción: se basaba en unas novelas de éxito para adolescentes y el esquema era muy reconocible, siendo una versión más seria (y mucho peor escrita) de ‘Mujeres Desesperadas’. Lo que me cuesta más asimilar es que lleve casi 100 episodios y todavía tenga algún tipo de coherencia.

Bueno, en realidad estoy seguro de que no la tiene porque los diez episodios que seguí ya conseguía no tener sentido alguno (esa persona llamada ‘A’ comiendo palomitas con guantes...), pero encima han confirmado que habrá sexta y séptima temporada. Las protagonistas saldrán de la universidad y se habrán licenciado en maquinaciones absurdas, puñaladas traperas y probablemente se habrán trajinado todo el cuerpo docente, por lo menos en el caso de Arya. Y, mientras tanto, habrá sido esa especie rara dentro de la programación de ABC Family.

Este canal, que prácticamente sólo es noticia cuando regresan las pequeñas mentirosas, ya está desistiendo en conseguir lanzar más series como ‘Pretty Little Liars’. Todos sus intentos han resultado fallidos, incluyendo cosas infumables como ‘The Nine Lives of Chloe King’ y ‘Ravenswood’. Pero en el terreno de los dramas familiares tiene más suerte. ‘Switched at Birth’ y ‘The Fosters’ les funcionan bien y este verano han incluido ‘Chasing Life’ a la oferta.

‘Chasing Life’ tiene como centro a una joven periodista con leucemia que decide lanzarse a por todas a disfrutar su vida tras el diagnóstico. Curioso que el canal pasase finalmente de ‘Red Band Society’, que acabaría en FOX, y decidiera adaptar este drama de Televisa que en su país de origen se llamó ‘Terminales’. Pero sí tiene los ingredientes del canal: una familia en el centro, un punto de partida indudablemente dramático y un tono amable. De esas que aguanto los tres meses de verano y me olvido de ellas cuando llegan los dramas de verdad.

Pero ‘Chasing Life’ por lo menos es mejor (mucho, mucho mejor) que ‘Mystery Girls’, ese proyecto loco-trash encabezado por Jennie Garth y Tori Spelling. El nostálgico de ‘Sensación de Vivir’ que hay en mí (era un enano, sí, pero también era #TeamBrenda) quería que funcionase. ¿Una serie con la antigua Kelly y la hija de Aaron Spelling, la diva de realities de segunda, la eterna virgen Donna, esa mujer de cara imposible llamada Tori? ¡Compro, compro!

Esta comedia, cuyo planteamiento ni tan siquiera queda claro en el primer episodio, no puede ser más absurda. Los protagonistas son ellas dos y un homosexual tan histérico como afeminado que sólo de aparecer quita las ganas de divertirse con el esperpento de serie. Bromas tontas, un decorado sacado de algún sketch de los noventa y una Jennie Garth con cero gracia natural, algo que ya demostró en ‘What I like about you’ con Amanda Bynes de hermana. Sólo se salva un gag y básicamente porque tiene a Spelling comprobando qué es eso pegajoso de un vídeo porno casero.

Vamos, que si tenéis curiosidad por ver ‘Mystery Girls’, adelante. Pero antes quedad con amigos, comprad unas cuantas cervezas y poned las palomitas en el microondas. Al estilo ‘Sharknado’ seguro que divierte.

lunes, 30 de junio de 2014

Naranja desteñido

...Y el atracón terminó. En menos de un mes terminé la segunda temporada de ‘Orange is the new black’ y el veredicto no dista mucho de la entrada que escribí la semana pasada. Ha sido una temporada correcta, sí, pero ni por asomo consiguió un resultado tan sobresaliente como la primera. ¿El factor novedad? Probablemente. Y a partir de aquí, mejor deja de leer si no has terminado la temporada porque habrá spoilers.

Como espectador, por ejemplo, he sido demasiado consciente de los riesgos que comportan habitar en una prisión de mínima seguridad. Durante los primeros días de Piper estaba el riesgo de no conocer al resto de convictas, que añadía una capa de peligrosidad a todo, pero este segundo año todas han parecido muy inofensivas. Todas menos Vee, claro, y hasta este asunto se resolvió con una ligereza apabullante.

En su primer año Jenji Kohan había establecido un tono mixto que funcionaba a la perfección. Eran las ventajas de escribir una comedia dramática (que yo propondría en la categoría de drama en los Emmy, que no queda duda) y sabía ser divertida cuando tenía que serlo, dramática cuando tocaba y también dura en ciertos momentos. Pero la guionista se acomodó en la gran química de su reparto, las buenas críticas y escribió algo más inocente.

Parecía, por ejemplo, que Vee sería la gran villana de la temporada. Lo fue. Pero la creación de este monstruo, la mujer que sometía psicológicamente a Taystee y que entendía la prisión como un sistema de clases que ella debía tiranizar, se derrumbó como un castillo de naipes. Se añadieron capas de tensión poco a poco pero los grandes giros no tuvieron consecuencias.

Ni el error de cálculo de las viejas de la cárcel, las más temibles de todas (no cumplen cadenas perpetuas por casualidad), tuvieron consecuencias reales en las chicas protagonistas y la caída de Vee encima se resolvió con un tono cómico. Pasamos de Piper siendo casi asesinada por Pennsatucky con el beneplácito de su consejero a un atropello divertido, como si remataran un gag que hubieran sembrado durante los trece episodios.

Esto demuestra que, si bien el factor novedad afectó el visionado, Kohan es la principal culpable. Tenía material para impactar al público, para recordarnos el ambiente hostil que se respira entre esas cuatro paredes, pero prefirió escribir algo más ligero. También afectó las tramas que Piper, nuestros ojos en la ficción, estuviese al margen de todas. Pero la creadora de ‘Orange is the new black’ tuvo la elección de dar una buena resolución a la historia de Vee, que apuntaba épica, y todo ese reinado negro se quedó en una anécdota.

Todas ellas estarán muy felices, sí, pero yo me quedé con la sensación que no había visto un final a la altura de Vee y sus retorcidas maquinaciones.