domingo, 13 de noviembre de 2011

La telerrealidad de la muerte

La televisión sabe que no hay que matar tan tranquilamente a un personaje porque no hay marcha atrás y, como el espectador lo sabe, si se tocan las teclas oportunas se puede crear mucha conmoción. Pero en la telerrealidad este fatal factor no se puede controlar y The Real Housewives of Beverly Hills perdió uno de sus secundarios en septiembre. Su nombre era Russell Armstrong y era el marido de Taylor, una de las protagonistas. La presión de la televisión, que ejerció de lupa en todos sus fracasos, pudo con él y se quitó la vida.


El terrible suceso, casualidades de la vida (y no quiero trivializarlo), hasta tuvo timing y sucedió poco antes de que se empezara a emitir la segunda temporada. Bueno, quien dice “casualidad” también podría decir “causalidad”, pues él era consciente que uno de los hilos argumentales de la nueva entrega sería el esfuerzo de Taylor por sacar a flote un matrimonio que, como sabíamos por ella, no acababa de funcionar. Gracias a los medios de comunicación también éramos conscientes de que todo esfuerzo iba a ser inútil ya que Taylor había pedido el divorcio después o durante la grabación del programa y hasta había aducido malos tratos. Pocas semanas antes había ingresado en el hospital con un ojo morado.


Entre esta situación personal completamente desbordada, en la que no tuvo ningún juicio justo así que no se puede culpar a Armstrong de nada, y que este marido había sufrido los estragos de la crisis, decidió quitarse la vida. Él se consideraba un “venture capitalist” y las inversiones no habían generado los resultados que esperaba.


La muerte de Armstrong también obligó a abrir un pequeño debate sobre hasta qué punto se debía modificar o hasta cancelar la emisión del programa. La cadena, obviamente, decidió estrenarla según lo previsto. Lo único que añadieron fue un aviso al principio de la temporada alertando de qué había ocurrido y mostraron a todos los protagonistas menos Taylor lamentando la muerte de Russell. Estuvieron de acuerdo que el fracaso personal con la atención de los focos debía haber sido lo que había llevado a ese hombre a la desesperación, dejando atrás a su hija de cinco años, Kennedy.


Según leí en algunos medios, la noticia había dado una dimensión mucho más cruda de lo que necesitaba el programa. Muchos ven las franquicias de The Real Housewives para reírse de ellas y la muerte de Russell congela la sonrisa a cualquiera. Pero, como dicen por allí, “the show must go on” y la temporada ya lleva más de diez episodios emitidos, mostrando los estragos de Taylor dirigiéndose hacia el inevitable divorcio (y también mostrando, una vez más, su afán de protagonismo).


¿Y qué vengo a decir con todo esto? Pues que en este tipo de programas, por lo menos en Estados Unidos, siempre hay planificación, sobreactuación y tergiversación pero, al final del día, quienes están delante de las cámaras son personas de carne y hueso. Pueden gritarse y liar dramones, montar fiestas mucho más exuberantes de lo habitual para alardear, pero convertir su vida en un show tiene consecuencias a nivel personal, lo que convierte el programa en algo real, aunque la observación cambie el resultado del experimento.


Puede tener morbo, por ejemplo, ver la disfuncional relación entre Kyle y Kim Richards (hermanas de Kathy Hilton) sobre todo tras ver la inestabilidad de Kim, niña prodigio y muñeco roto de la industria; escuchar a Camille después de que Kesley ‘Frasier’ Grammer la dejara por una stripper; o ver la entereza de alguien como Adrienne Maloof, co-propietaria de los Sacramento Kings y que uno se pregunta cómo puede ser tan ostentosa, aparecer en un programa de estas características y tener la cabeza tan bien amueblada. Lo que no quiero, sin embargo, es entrar en debates sobre si es nocivo y denigrante ver realities de este tipo, ni que sea como guilty pleasures (muy trash). Lo dejamos para otro día, ¿vale?