miércoles, 19 de septiembre de 2012

La posición de los aristócratas

Hay creadores televisivos que prefieren reafirmarse en sus errores que rectificar. Lo vimos con Veena Sud y The Killing y también con Aaron Sorkin y The Newsroom, cuando básicamente le dijo a la prensa que se la traía al pairo lo que pensaran de la serie (lo cual, estando en HBO, es muy necio). No obstante, también los hay que se consideran autores y son capaces de escuchar las apreciaciones del público para mejorar la obra, como parece haber hecho Julian Fellowes.

Downton Abbey tuvo una primera temporada ejemplar y una segunda que, siendo esencialmente lo mismo, se dejó llevar por sus peores instintos. El folletín pasó a tener tramas muy gratuitas (el Conde y la criada), otras muy repetitivas y/o innecesarias y unas elipsis muy esquizofrénicas (básicamente había dos líneas temporales). Pero el estreno de la tercera demuestra que, tras el temporal en el Reino Unido (mientras los americanos seguían aplaudiendo), el responsable meditó las críticas y las tuvo en cuenta a la hora de volver a escribir sobre los Crawley.

La presentación de la temporada, de momento, no ha podido ser más Downton pero esta vez sólo haciendo énfasis en los aspectos positivos. Aparte de la maravillosa ambientación (nunca me canso de ver los coches llegar a la abadía), la historia se retomó este sábado con mucho mejor pulso. El drama romántico nos bendijo con un amor palpable y una escena tan tierna que derrite (de lo mejor que se pueda ver en el género), se racionaron algunas tramas (Anna y Bates, por ejemplo, necesitaban menos lágrimas y menos minutos), se cerró definitivamente un arco principal, permitiendo que la narración no quede estancada, y encima Fellowes abrazó el marco histórico que rodea a los personajes. Si bien en su primer año se benefició de las rígidas normas que clasificaban a las personas en estratos sociales y aún se divierte con ellas (sólo hace falta ver a Carson fruncir el ceño) y en el segundo utilizó la guerra como una simple postal para rizar el rizo, esta vez parece que la voluntad del guionista es sacarle jugo a los nuevos tiempos.

Será muy interesante, por lo tanto, ver la deriva del Conde de Grantham y su familia ahora que una mala inversión pone en juego su papel dentro de la sociedad. No puede pasar desapercibida la pregunta que deja escapar Violet: “¿Qué sentido tiene la aristocracia si no puede dar trabajo a la gente?”. Fellowes demuestra con esa línea que, pese a las desigualdades y la nostalgia de esos tiempos tan ideales para los afortunados, hay un razonamiento que justifica el orden social. Todos cumplen una función, que pensaría el mayordomo, y la llegada de Sybil y Branson dará pie a que se desarrolle este discurso. 

Un discurso que, acertadamente, también le da sustancia a la obra porque no solamente en Yorkshire está habiendo una evolución insólita del sistema imperante, que da síntomas de haberse quedado obsoleto. Y, mientras que la Downton Abbey nominado a los Emmy puede que ni debiera haberse colado en la categoría a Mejor Drama, esta sí que es merecedora del preciado galardón.