viernes, 19 de diciembre de 2014

El juego de las pulsiones

Como si no tuviera suficientes deberes por la cantidad de buenas series que nos ha brindado este año, este otoño el Reino Unido me trajo la segunda temporada de ‘The Fall’, que decidí retomar por defecto profesional. Primero quiero explicar que, si la dejé durante la primera, fue por mi sobredosis de whodunnits, de series sobre crímenes cuyas temporadas giran alrededor de un único caso. Había tantos en emisión (y alguno tan mediocre como ‘Broadchurch’) que fui incapaz de entender la propuesta de Allan Cubitt. Él ofrecía algo distinto y yo, por agotado, pasé de largo.

Pero es curioso como el momento adecuado cambia la percepción por completo. Cuando comencé otra vez la ficción por donde la había dejado, quedé maravillado por el inquietante universo que planteaba Cubitt. No era tanto un juego del gato y el ratón (su argumento es bien simple: una detective persigue un asesino en serie) sino sobre la sexualidad y el papel que tiene en la sociedad actual, sobre los prejuicios sexistas, sobre la violencia y la necesidad de utilizar el sexo como arma. No hay imagen más representativa que la detective Stella Gibson pensando mientras se toca el botón de la camisa. ¿Había estado más atractiva Gillian Anderson en toda su vida? Pues ahora, a los 46, emanaba una sexualidad que, como le explicaría su compañero, ni era consciente del poder que tenía.

Podría sorprender que sea justamente un hombre quien pinte este lienzo lleno de pulsiones sexuales, frustradas, escondidas (recordemos que el otro protagonista es un psicópata). Si algo demuestra la televisión reciente es que los hombres guionistas no están precisamente interesados en el papel de la mujer. Pero en ‘The Fall’ tiene todo el sentido del mundo. Como si fuera el supervisor de Stella, da la impresión que él mismo se ha sentido abrumado alguna vez por el poder de una mujer, por el irresistible hambre de ella, y él ha tenido la valentía de preguntarse cuál es su papel. Se obliga a si mismo y a los demás hombres a preguntarse si tiene el gen del lobo feroz, del hombre capaz de forzarse. Si sería capaz, como dicen en la propia serie, de cruzar la línea.

La valentía de Cubitt, además, llega hasta el final. Hay un diálogo de diecinueve minutos en el último episodio que comprime la vertiente más bestial del concepto y lo expone delante del espectador con unas miradas directas a cámara que obligan a plantearse si los personajes hablan entre sí o con nosotros. ¿Nos retan a cuestionarnos nuestro papel? ¿Obliga a las mujeres a plantearse hasta qué punto se sienten atraídas por el peligro? ¿Advierte a los hombres que controlen sus instintos más oscuros? Estas son algunas de las cuestiones que deja en el aire la serie, de la misma forma que deja muy claro que todas las mujeres tienen la libertad de jugar con su sexualidad como ellas creen convenientes. ‘The Fall’ no las juzga, solamente lo hace con aquellos que buscan justificaciones ante actos monstruosos.

Y, en el fondo, no hay juego más evidente que elegir a Jamie Dornan para el papel de Paul Spector, el padre de familia que se divierte asesinando por las noches y cuya mentalidad, por cierto, resulta muy inquietante porque está razonada (y, al conocerle mejor, uno hasta puede comprenderle). ‘The Fall’ juega con nuestros instintos, con nuestras tendencias y preferencias, deja que reposen en cada escena, deja que estén implícitas en cada movimiento y mirada. Por esto es una maravilla. Qué más da el caso cuando lo que nos suscita es una reflexión tan profunda e inquietante, sutil pero visceral. Ahora, como prueba, ve al espejo y mírate y busca en tu mirada si hay (o podría haber) algún rastro de Paul Spector.